Estafa en Camboya

Al terminar nuestro tour por Angkor Wat, nuestro guía que hablaba español, muy majete él, nos llevó a una agencia para que pudiéramos reservar un bus al sur de Camboya y así continuar con nuestro viaje hacia la isla de Koh Rong. Hasta ahí vamos bien.

   Nos atendió una camboyana majísima, muy bien uniformada y aseada en un escritorio más ordenado que el mío, aunque eso es bastante fácil. La chica nos indicó que para llegar a Koh Rong, debíamos tomar un bus hasta la ciudad de Sihadoukville y de allí un barco hasta la isla.

   Nos venía bien un autobús nocturno y ella tenía justo lo que queríamos, o al menos lo que creíamos, un bus VIP nocturno el cual incluía en cada “cama” su propia lámpara, enchufe para conectar USB, cortina, y hasta Wifi. Nos enseñó incluso fotos y nos aseguró de que ése, el de las fotos, era el bus que nos llevaría. ¿Cómo nos íbamos a negar a tal estupefantástica propuesta? 
   Tal así fué que a los cinco minutos ya teníamos no sólo los billetes del bus sino también los del barco, así que ya habíamos puesto un pié en la playa.

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   Yo, que no he ido nunca en un “BusHotel” (que es como lo llaman ellos) y menos en VIP, estaba súper emocionada y feliz.

   Nos vinieron a recoger al hostal con una furgoneta, cómo nos habían dicho, para trasladarnos hasta supuestamente la estación de autobuses de donde salía el bus hacia Sihadoukville. Hasta ahí seguimos bien.
    A parte de que en la furgoneta había más gente y mochilas que asientos, que eso es otra historia a parte, el bus nos dejó en una oficina en medio de una calle donde había un autobús un tanto sospechoso.          
Hasta ahí más o menos bien. 
   Y llegó el momento de la verdad. El momento más esperado para mí, el “súper autobús” que había anhelado durante todo el día. 
   Subo al autobús y para mi sorpresa me piden que me quite los zapatos y los ponga en una bolsa que ellos mismos me facilitan. ¡Que majos! pensaréis, y yo también lo pensé en ese momento. Pero poco duró ese pensamiento en mi cabeza, en concreto, lo que se tarda en llegar desde el conductor hasta la parte trasera del autobús. 
   Buscando mi asiento/cama me di cuenta de que un chico estaba en mi lugar y confusa pregunté para salir de dudas y enseguida vino el ayudante del chófer a indicarme cuál era mi cama, la 12B, un poco más adelante y debajo de otra cama. Para que os hagáis una idea de cómo están las camas distribuidas, son literas apiñadas de dos personas a un lado e individuales al otro lado de un pasillo en el cuál mi padre seguramente quedaría encallado.
   Yo acepté educadamente mi asiento-cama aunque en mi papelito ponía 15B. Pero en cuanto me pude meter en ese cubículo, y digo pude porque o entras a rastras cual soldado en un entrenamiento de obstáculos o no entras, me di cuenta de la GRAN ESTAFA CAMBOYANA. 
   Si es cierto que muchos otros pasajeros tenían su propia cortina (intimidad), lamparita etc yo no tenía nada. Un enchufe, un cojín y una manta eran los que me iban a acompañar en mi viaje nocturno de 10 horas.

 


   Si no me hubiese costado 22$ el billete ni me hubiesen prometido lo que ya os conté (lámpara, cortinita, wifi, etc) no me hubiese quejado.    
   No era por ser tiquismiquis pero estaba más oscuro que el petróleo.

   A todas éstas, yo que tengo un buen par de ovarios, me dirigí al frente del BusHotel dispuesta a plantearle al autobusero que me diera una solución, como por ejemplo darme el asiento que me correspondía en un principio o al menos una explicación de qué estaba pasando. 
   Muy decidida y educadamente le lanzé un “disculpa” a lo que me cortó con un rotundo “NO”. 
   Mi cara era un poema, ¿cómo que “NO”? ¿”No” qué? ¿Me dejas al menos que hable?
   “¿Le puedo hacer una pregunta?’ le dije en inglés, a lo que me contestó “no hablo inglés” en un inglés bastante bueno. “Acabas de hacerlo” le dije. Pero él insistió con su “NO” rotundo, así que ahí no había mucho más que poder decir y mandarlo a la mierda no estaba entre mis planes. El tipo era un poco inútil y la conversación no hubiese tenido sentido, así que volví a mi asiento, el 12B.

   Allí estaba yo, cagándome en varios miembros de la familia del chófer, impotente, en un agujero rodeada de desconocidos.

  Pero no todo iba a ser malo en ese viaje. Mis nuevas vecinas, las del 12A y 12C eran muy majas. 
   Al verme enfurruñada y darse cuenta de lo que pasaba se preocuparon y les conté lo sucedido con el conductor y las tres nos partimos la caja a la vez que me ofrecieron vino, así tal cual y a morro, muy improvisado, no podía negarme.
   Una de ellas volvió a preguntar por el Wifi, a lo que volvió con un “No wifi, no English”. Lo que desató unas carcajadas por parte de las tres que acabaron en más vino, cerveza e historias en aquel estrecho pasillo de medio metro.


   Las dos eran americanas, Sam y Marisa, una de Pensilvania y la otra de Florida. Tenían una ruta muy parecida a la nuestra y estuvimos hablando de ello y de mil cosas más largo y tendido siempre acompañándonos del alcohol. Tanto bebimos que la naturaleza llamó a la puerta y llegó el momento, ¡necesitábamos mear urgentemente!
   Sorteamos quién iba a preguntar al chófer ésta vez sobre hacer una pequeña pausa para ir al baño y ¡Oye!, eso sí que lo entendió el listillo, nos dijo que en unos 10minutos haría una parada. “¡Qué majo!” pensaréis. ¡Y una mierda!
   De repente se paró el bus en medio de la nada, en la carretera tal cual, “toilet” dijo el señor, y ya.
   Nos pusimos los zapatos e intentamos no abofetear al conductor a nuestro paso por su asiento al bajar. Y allí en medio de la selva camboyana, entre vegetación, sombras desconocidas, animales salvajes (porque haberlos haylos) y oscuridad, bájate los pantalones y mea porque en las siguientes 8 horas olvídate.
   La situación era cómica a la vez que incómoda. Compartí “baño” con una señora francesa que no paraba de repetirme que por favor la esperara que tenía miedo de que se olvidaran de ella y el bus la dejára en tierra, cosa que no me hubiese extrañado para nada después de toda la aventura ya vivida. 
   Yo sólo podía pensar en una cosa, rezaba al Buda camboyano para que no me saliera una rata, una serpiente o algo peor y me mordiera el potorro, ¡¿os imagináis?! 
  
   Al volver al autobús no pude más que decirle irónicamente al chófer y de nuevo en inglés un “Señor, me encanta éste autobús, enhorabuena a usted y a la compañía” y me contestó con un “Thank you”. Creo que al final será cierto que no entiende Inglés.

   Volví a mi cama de medio metro por metro y medio y escribí este texto.Pero eso no es lo peor ni mucho menos lo único que me ocurrió en ese viaje de poco más de 10 horas. Lo mejor estaba por llegar.

   Intenté dormirme, que era lo único que creía que podía hacer de provecho en ése, vamos a llamarlo único e interesante viaje en BusHotel VIP. Pero me costó bastante y entre vuelta y vuelta ¿cuál fué mi sorpresa? ¡Una maldita cucaracha! Sí señores, como leen. Pequeñita pero no dejaba de serlo. No sé ni cómo la pude ver entre aquella oscuridad pero la cuestión es que la vi y ya no había marcha atrás. 
   Que haya probado los insectos previamente en Khao San Road no significa que ya me caigan bien éstos. 
   Pegué tal bote que hizo que, tonta de mí, me diera un cabezazo con la cama de arriba, ya que mi agujero estaba situado en la parte de abajo de la litera y como ya he dicho e insisto era muy estrecho.
   Cogí mi móvil para alumbrar un poco y confirmar que no era una ilusión mía y me arrepiento de ello. Como pude me doble para alcanzar mi mochila que estaba a mis pies y sacar un trozo de papel higiénico. Sí, llevar un rollo de papel higiénico contigo en el sureste asiático es muy útil, no por los apretones, sino porque aquí en los baños en lugar de papel usan una manguerita con agua para que te riegues tu zona después de hacer tus necesidades. Yo soy más de papel, llamadme antigua si queréis. 
   Ya con mi papel en mano cogí la cucaracha. ¿Y ahora qué? pensé. Estuve a punto de llevársela al chófer de regalo, pero respiré, recapacité y al final aplasté lo que tenía entre dedos y me acosté de nuevo. Al igual el autobusero se pensaba que me había caído bien y le estaba llevando un tentempié.

   A ver quien dormía después de eso. Pero al rato entre meneo y meneo del bus y enrollada a la mantita a modo de rollito de primavera, me quedé frita. De vez en cuando habría un ojo a ver si tenía más visitas inesperadas pero por suerte no hubo más sorpresas.

 

   La gente de Camboya es majísima en general. Hay de todo y a mí, ésta vez  ¡Me han timado!

   Solo pienso en que en tan solo 7 horas estaré en la playa paradisíaca de Koh Rong y ya se me pasa un poco el disgusto.

Creadora de Mundo Mahalo.
Extrovertida con pasión por viajar y compartir las experiencias con el mundo ya sea escribiendo, por video o por fotografías.
Amante de las tortugas, los idiomas y las locuras.
Animadora de profesión viajera por vocación.

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